
Recuerdo haberme asomado al precipicio de sus ojos, como un mar en calma, como un enjambre de abejas que durmieran la siesta de madrugada, eran de miel, de miel y almendra, profundos, limpios, serenos, intensos, mirada de mujer sensual y tierna, honey, a veces, te miraban con tesón, con nostalgia, con deseos escondidos tras almohadas de primaveras pasadas, enigmáticos y turbadores, tan profundos que perderse en ellos era lo menos moral que acaeciese en ese momento, una luz de erotismo se trazaba en su pupila acaramelada, su fantasía, la mía, la nuestra, la del castaño añejo que nos contemplaba y se mecía complacido sonriendo, observador de ensueños, de dulces momentos, de miradas petrificadas en el tiempo, hibernantes, esa mirada de hembra respetada, de fiera liberada en la sombra, de mujer tatuada a lápiz de labios infantiles, transparentes, de rasgos seductores, superficiales maquillajes que no denotan la esencia carnal de la victoria, más esos ojos, de mirar insólito, de mirar con trapío, de abeja reina guerrera que mira, zumba, aletea, no se rinde, ni te pide pleitesía, te busca, te atrapa, te acongoja, te toma prisionero en su almena más elevada, son más que un destello, un deseo, un ardid de un pedigüeño, un mirada tierna eternizada en su momento, de jalea real, de almíbar, de cera virgen que hace derretir de complacencia la mirada ajena que entiende y siente, se atribula y acongoja, se atormenta de deseos de respuesta, se sacrifica y no mira, sueña, desea, vuela, siente y padece la fuerza de una mirada caminando al borde de un precipicio anegado de azul y cristalinas aguas, y retrocede, cobarde, ante el amago de desvanecimiento, de verse implicado en un profundo mar, del miedo, de ese abandono profundo ante las miradas sin dueño, ahogarse en el deseo, en el anhelo, en la puerta abierta del cielo, de un néctar hecho a base de señuelos, añagaza, artificio con anzuelo donde se ancla el cebo de tu propia mirada, allá donde queda atrapada, seducida la más dura coraza, que traspasa acero, diamante, rasga edredones de seda y aprisiona libélulas en su tela de bien trenzada red de araña, de seductora artificiera de cañones de buques de guerra que desarbolan banderas de barcos piratas y los rinden sumisos y conquistados antes sus secretas armas, una simple mirada, turbadora, conmovedora, ante la cual se rinden flotas enteras, armadas invencibles, el Titanic jamás se hubiese hundido con vos en su interior, tan sólo rendido, el titán de hielo se hubiese fundido ante esa mirada flanqueada de llamaradas, que pese a ser galana y capitana pirata de furiosos bajeles cargados de armas, es sosegada, un mar Pacífico por descubrir, extenso, inmenso y libre, que tranquilo reposa sobre fondos abisales donde nunca mira ya que siempre emana su albedrío hacia la aurora boreal, hacia la Vía Láctea, mirando simplemente las hojas de un castaño. Son de mirar atractivo, cristalino, felino, revendedores de ilusiones, atrapadores de momentos, saben congelar el tiempo, pedir deseos, dadores de sentimientos genuinos y primigenios de un solo dueño, sutiles, etéreos, poderosos diamantes capaces de taladrar el enigma de lo opaco, con proponerlo veríais el interior de otros cuerpos, sus cándidos pensamientos, sus desvaríos y vahídos ante la intenso de esa mirada de hada de cuento, de Matahari de film, de diosa Afrodita ó Venus planetaria, esa mirada, que invita, que deleita, que seduce, que entorpece los sentidos, que ruboriza el alma, que te atrae y te roba los sentidos, que marea de deseos, te atrapa en redes de pescadores, te hipnotiza y obnubila, te subyuga y te hace suya, es radiante y pura, tenaz, te desarma y ciega, te obliga a no mirarla, a rendirla pleitesía, reverencia a una princesa, besamanos, un correr de viento entre los castaños mientras unos indiferentes gorriones se dan baños de arena a tu lado, un escalofrío ha recorrido los sentidos, el vello encrespado, tiritan las estrellas, la locura la fabrican las miradas, y la ternura y una pizca de guindilla picante y mientras tú no miras, con disimulo, esa mirada se ve atrapada por una cálida mano amiga que la guía prisionera hasta su saquito de esperanzas.
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Anuska -